TOMAR DECISIONES

Tomamos decisiones a diario. Algunas de forma automática. La mayoría no nos supone mayor problema ni incertidumbre, puesto que las consecuencias potenciales no son demasiado importantes para nuestra vida o la de aquellos que están a nuestro cuidado. Por ejemplo, la decisión de llevar o no paraguas cuando puede llover, nos lleva unos segundos, puede que nos acordemos horas después, cuando volvamos a casa empapados, pero no ocupará demasiado nuestro tiempo ni nuestra energía.

Sin embargo, en ocasiones nos toca decidir sobre asuntos cuyas consecuencias nos afectarán de forma significativa y podemos sufrir un bloqueo considerable o caer en la tentación de dejar que el azar decida por nosotros y, “que pase lo que tenga que pasar”.

Vamos a hablar de algunas claves para evitar la impulsividad o los bloqueos a la hora de tomar decisiones importantes. Comencemos por definir el concepto de “problema de decisión”*; se da un problema de este tipo cuando nos encontramos con un conjunto de alternativas y, al menos dos, compiten entre sí. ¿Cómo compiten? Pues ambas tienen potenciales consecuencias positivas y negativas, ninguna es perfecta.

Llegados a este punto, nos tocaría valorar cuál sería la mejor entre ellas y, la ganadora debería ser aquella que más beneficios nos proporcione con el menor gasto o esfuerzo. Por supuesto, cada una de estas opciones vendrá aderezada por emociones diversas, por “juicios de valor”, por una posible “presión social”, etc., que pueden amenazar la objetividad de nuestro criterio.

Veamos cuáles son las fases del proceso de toma de decisiones*:

  1. Identificar y definir el problema de decisión. Una decisión comienza cuando tomamos consciencia de que tenemos un problema y debemos resolverlo tomando alguna decisión. Tras esto, conviene definir cuál es el problema de decisión que debemos abordar.
  2. Generar una serie de alternativas que en mayor o menor medida resuelvan ese problema de decisión.
  3. Valorar esas alternativas, no sólo en cuanto a cuáles son las preferidas, o cuáles nos gustan más, sino también en cuanto a sus consecuencias más probables, tanto positivas como negativas, a corto, medio y largo plazo.
  4. Elegir la alternativa que mejor resuelva el problema.
  5. Valorar los resultados tanto durante el proceso, como finalmente. Preguntarnos, ¿se ha resuelto el problema? ¿En qué medida?.

Todos los procesos de decisión significativos para nosotros, suelen estar acompañados por un compendio de emociones, tal como se apuntó más arriba, y a menudo, pueden contradecirse entre sí. Es difícil separar pensamiento y emoción, pero podemos trabajar para que esa unión nos sea útil a la hora de decantarnos por una de las opciones.

Es importante ser realista a lo largo de este proceso y, hacerlo de forma tranquila. No es buena idea tomar una decisión con las emociones desordenadas o que sufren un momento de gran intensidad. Las emociones nos dan información cuando las escuchamos pausados, si estamos alterados, no es fácil distinguir realmente lo que queremos o lo que nos conviene. Es como una bola de nieve, con una preciosa casita o un muñeco, cuando la agitamos, vemos los copos agolpándose y haciendo torbellinos, es bonito y hasta hipnótico, pero no logramos distinguir bien la figurilla que hay en el interior, en cambio, si esperamos a que la nieve se pose y se tranquilice el agua, veremos la figura claramente.

En ocasiones, también puede ocurrir, que la decisión ya esté tomada, puede que la hayamos tomado hace semanas o meses, pero nos da miedo llevarla a cabo. ¿Por qué? Puede que sea una decisión que va a cambiar muchos aspectos de nuestra vida y nos vemos al borde de un abismo (por desconocido, no por oscuro necesariamente), puede que no queramos decepcionar a alguien o que sepamos que para las personas que nos rodean supondrá una sorpresa y no queremos lidiar con sus reacciones. Si hemos sopesado esa decisión adecuadamente y, queremos tomarla, pero necesitamos apoyo, podemos tantear la reacción de alguien en quien confiemos y que nos conozca bien, sin caer en el error de creer que esa persona sabe mejor lo que nos conviene, porque puede que no tenga tanta información como nosotros. Puede que a ciertas personas cercanas, les cueste asumir ciertos cambios en nuestra vida, pero si hemos valorado que es lo mejor, llega el momento de ejercer nuestra libertad, que es decidir y, por supuesto, asumir las consecuencias que traiga consigo esa decisión. Igual no estamos solos y la carga es compartida si se da el caso de que hayamos decidido hacer “equipo” con alguien, y que valoremos que esa decisión incumbe a ambos o a nuestro grupo, siendo sus consecuencias asumidas juntos, entonces contaremos con esa/s persona/s para elegir un camino u otro.

Muchas veces las decisiones o, más bien sus consecuencias, no son tan drásticas que se den en un sólo momento, es decir, puede ocurrir que sea una especie de proceso en el que podamos ir reaccionando a las consecuencias de forma gradual y, tener de esta forma, la oportunidad de recalcular el recorrido o bien ajustar las nuevas decisiones al camino que estamos construyendo.

Un ejercicio que puede realizarse y que resulta útil es visualizarnos viviendo las diferentes alternativas. Es una buena forma de mentalizarnos y en ocasiones sorprendernos por la gran carga informativa que puede tener este esfuerzo imaginativo. Únicamente, hay que hacerlo teniendo en cuenta que, la imaginación y la realidad, a veces no se llevan bien, debemos ser honestos con nosotros mismos, lo que pensamos y lo que queremos.

Sin embargo, a pesar de haber seguido un proceso consciente, objetivo y respetuoso con lo subjetivo, finalmente, siempre habrá un grado de incertidumbre que debemos asumir, si esa incertidumbre se nos hace insoportable en el momento en que nos encontramos, igual no es el momento de decidir y es bueno esperar a que se calmen las aguas, la famosa “zona de confort” puede estar muy bien para cargar las pilas y planificar, puede que estando quietos y no en movimiento, las opciones se nos presenten de forma más clara.

En cualquier caso, de alguna forma siempre nos llega un momento vital en que hay que saltar, ser valiente y dar el paso, sabiendo que seremos quien asuma las consecuencias y exponiéndonos a un posible fracaso, o a unas circunstancias resultantes imperfectas.

Es difícil tomar decisiones importantes, pero si sopesamos la factura que a veces nos puede pasar el inmovilismo, encontraremos que en ocasiones es inevitable si pretendemos avanzar en la dirección escogida. Eso sí, siempre hay que hacerlo de forma respetuosa y libremente, es decir, de forma responsable, asumiendo las consecuencias y, ¿por qué no? con una sonrisa que inyecte energía a nuestra travesía.

 

Raquel García Raposo

Psicóloga

 

 

 

 

*“Pensamiento Crítico” (Carlos Saiz, coordinador). Heurísticos y decisión (Ana María Prieto). Ediciones Pirámide (Grupo Anaya, S.A.), 2002.